Memphis cuando Obama no tenía canas

Cuando escribo estas líneas ahí afuera ha pasado un año, pero aquí todavía es el 20 de enero de 2009, se acerca el mediodía y he girado en Beale Street en dirección al Museo Nacional de los Derechos Civiles de Memphis. Otro giro y Mulberry Street se asoma plácida y peligrosa. The police is watching you, leo en un cartel. Ni siquiera hay yonquis pidiendo dinero. Al fondo veo el letrero: Lorraine Hotel. Una placa recuerda que Martin Luther King fue asesinado aquí el 4 de abril de 1968. El Lorraine Hotel es ahora la sede del museo y esta mañana es el lugar de reunión para seguir por televisión la jura de Obama. Hoy será presidente de los Estados Unidos. ¿Lo recuerdas? Obama se confundió al recitar el juramento. Bueno, ese momento ni siquiera ha llegado todavía y lo que estoy haciendo ahora mismo es colarme en el museo antes de que cierren las puertas. Hay sobre todo mujeres y la mayoría son negras. Es Memphis. Los blancos tienen pinta de boy-scouts bienintencionados, pero seguramente sus antepasados atizaron a algún negro en las plantaciones de los alrededores. Está lleno, pero no hay mucha gente. ¿300 personas? Supongo que la mitad de Memphis está en casa y la otra mitad en Washington. En el hall han dispuesto unas sillas que están ocupadas así que deambulo por el museo. Se venden libros de Obama. Se venden camisetas de Obama. Pins. Tazas. Pero no. No me voy a poner cínico, porque aquí Obama no tiene todavía canas y los negros lloran de emoción. Sí. Cuando Obama jura su cargo miro a un lado y dos mujeres se abrazan. Están llorando. Una blanca y la otra negra. Como dos peones que deciden dejar a un lado el tablero de ajedrez. Obama inicia su discurso y la gente subraya el final de sus frases con chillidos góspel. El auditorio atrona cuando Obama cita al doctor King. He estado en la cima de la montaña. Ouuu. Y he mirado más allá. Yeahhh. Y he visto la tierra prometida. Más Ouuuu y más Yeahhh. Y aunque huele a sacristía, un nudo me ha estrangulado el estómago y los ojos se me están empañado. Afortunadamente la emoción no ha durado mucho. Una pareja joven, vestida de etiqueta pero con jeta de estafadores, está vociferando a destiempo ante el asombro general. Apostaría 100 dólares a que esconden una botella de whisky en los bolsillos. Obama termina su discurso. Hay aplausos. Los periodistas buscan reacciones y yo una camiseta del nuevo presidente. Esto es lo que se llama un día histórico. Y no esa mierda de días históricos que salen en los telediarios cada semana. Voy a ir a desayunar unos huevos revueltos para celebrarlo, aunque en realidad no comeré huevos. Pero esa es otra historia.

6 thoughts on “Memphis cuando Obama no tenía canas

  1. Bienvenido a la blogosfera Iker! espero que hayas venido para quedarte, y viendo la temática seguro que acabas haciendo algo interesante. Te estaremos vigilando amigo 😉

  2. Muchas gracias por la bienvenida. Estoy muy ilusionado con el blog. Un abrazo a los dos.

  3. Ey, mira que te leí sobre el blog, pero al no encontrarme nada pensé que iba para largo (pero es que yo he estado sólo puntualmente y no mucho)…

    Enhorabuena 😉

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