En España no hay culpables

Iñigo Urkullu (dada su escasa proyección pública, me veo obligado a desvelar que es el lehendakari de los vascos y las vascas), Urkullu, decía, ha sido el último político en sumarse a esta nada inofensiva tendencia de comparar la crisis económica con un desastre meteorológico. Aprovechando el treinta aniversario de las inundaciones en Euskadi, Urkullu soltó perlas como las que siguen: “las aguas de la crisis están controladas”, “hemos construido entre todos el dique de contención”, “superar la inundación del desempleo” y no sigo para no aburrir.

El recurso a los desastres naturales, a pesar de ser una metáfora de exigua imaginación, es una buena trinchera para los políticos con querencia al escaqueo. En las inclemencias meteorológicas casi nunca hay culpables, sólo héroes y víctimas. Por lo general, los villanos no existen, y si existen, casi siempre aparecen en los títulos de crédito del final, pasado un tiempo, cuando la noticia sólo preocupa a los que se preocupan demasiado o a los que se preocupan de verdad, que son muy pocos. De ahí que los políticos se pirren tanto por esta comparación: un pueblo unido frente a la adversidad, decospedales y plebeyos, roselles y parados, infantas y lectores, juntos en el mismo barco, como el pueblo elegido cruzando la península del Sinaí. Todo muy telemaratón contra el cáncer y muy llevadero para los que mandan. Ni responsables, ni mucho menos, culpables. Sencillamente, no forman parte del reparto.

Como todo el mundo sabe, en España no hay corrupción, hay conspiraciones, de forma que en vez de tener corruptos, tenemos víctimas de conspiraciones: conspiraciones contra mi nación, conspiraciones contra mi partido, el juez que no le caigo bien, el director del periódico rencoroso… Un chollo. España es como esos padres modernos que les viene su hijo con el cuento de que el profesor le tiene manía, y terminan abroncando al profesor y comprándole una moto al hijo. Vale, quizás exagere, no regalamos motos a los hijos mentirosos así como así, pero seguimos votando a los políticos corruptos, que viene a ser lo mismo. En España las elecciones son el método más democrático para bañar de inocencia a los culpables. Y que nadie coja el rábano por las hojas, que no me estoy ciscando en el sufragio universal. Para eso ya tenemos facebook rebosante de brazos en alto y pollos abanderados.

En España es más fácil encontrarte a la Guardia Civil fotografiando bloques de cemento bajo el mar que al Estado dedicando una mañana a que una mujer de 86 años recupere los restos de su padre asesinado por el franquismo. Claro que en la Guerra Civil, y después en la dictadura, tampoco hubo culpables. Los policías autores de torturas no fueron apartados, ni los jueces franquistas, ni mucho menos los políticos que firmaban condenas de muerte. No hay culpables porque la guerra fue una lucha entre hermanos y bla bla bla. Como una inundación o un terremoto, un hecho histórico involuntario plagado de víctimas, sin culpables, sin golpe de Estado, sin Franco, sin cárceles llenas de presos de conciencia, sin la Iglesia animando desde el banquillo. Y, evidentemente, culpar a la República de lo que vino después, como está ahora en boga, es la vía revisionista para intentar colarnos que no hubo culpables porque culpables fueron todos.

El sistema financiero que provocó la crisis económica tampoco ha sido reprendido. Sólo en España, los bancos han ganado tanto dinero como el que les entregamos con nuestros impuestos para que no se hundieran. No hay culpables. Bueno, un banquero pasó unos días de visita en Soto del Real, pero echaron la culpabilidad a suertes y le tocó al juez que lo había encarcelado. Cosas que pasan.

Y la última moda para escabullirse lleva la firma del rey con su lo-siento-mucho-me-he-equivocado-y-no-se-volverá-a-repetir. Los medios digitales cazaclics titularon “Twitter se incendia…”, aunque en buena parte de los hogares españoles la reacción fuera del estilo de “la verdad es que me da pena y que mayor está, por cierto”. En un país cuya democracia ha crecido con una justicia servil hacia el poder, memoria de pez y partidos políticos dopados, el perdón se ha convertido en el último salvoconducto de los culpables. Y los ciudadanos, con nuestra desidia y nuestros votos, les seguimos perdonando.

Artículo publicado en eldiario.es y eldiarionorte.es.

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