La exposición “Desaparecidos” de Gervasio Sánchez llega a Vitoria

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La exposición fotográfica “Desaparecidos” del periodista Gervasio Sánchez llega a Vitoria y voy a tener la oportunidad de presentar la conferencia que va a dar Gervasio Sánchez mañana miércoles en Montehermoso a partir de las siete y media de la tarde. La muestra, que recala en Vitoria gracias al Servicio de Cooperación al Desarrollo del Ayuntamiento, Euskal Fondoa, La Casa Encendida, la Junta de Castilla y León, el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona y el MUSAC, estará abierta del 23 de octubre al 19 de noviembre en la primera planta del centro cultural Montehermoso.

En “Desaparecidos”, Gervasio recoge el trabajo de toda una vida profesional documentando la tragedia de las desapariciones forzosas. Hay fotografías de Chile, Guatemala, Camboya y España, entre otros países. Como siempre, Gervasio se sitúa al lado de las víctimas cíviles para contar su historia con una mirada reposada y alejada de la fotografía de impacto que domina el periodismo contemporáneo. En sus fotos vemos a madres abrazando las pertenencias de sus hijos desaparecidos; a forenses exhumando cadáveres; a mujeres encontrando -tras años de búsqueda- los restos de sus familiares; la terrible gelidez de los centros de tortura donde desaparecían las víctimas… Ya sé que la palabra imprescindible está demasiado gastada, pero este es un trabajo periodístico imprescindible. Sobre la figura de Gervasio Sánchez para el periodismo español hablaré brevemente en la presentación de mañana. Para mí es una cita muy especial. Hace 15 años, cuando todavía era un estudiante de periodismo, pude verle en Vitoria presentando otro de sus grandes proyectos: “Vidas minadas”.

La foto con la que arranca este post es del centro clandestino de detención El Olimpo de Buenos Aires, por el que pasaron 500 prisiones durante medio año. Sólo sobrevivió un diez por ciento.

Os dejo un extracto de la introducción escrita por Gervasio Sánchez para la exposición:

El drama de los desaparecidos atraviesa toda mi vida profesional. Es el proyecto más duro al que me he enfrentado y tengo la convicción de que el dolor de las víctimas ha dejado profundas secuelas en mi interior. Podría decir que parte de mi vida también ha desaparecido durante su realización.

Era un joven estudiante de Periodismo en enero de 1983 cuando entré a formar parte de un grupo de adopción de Amnistía Internacional en Barcelona. Su responsable me ofreció encargarme de Centroamérica y me dio dos informes gigantescos sobre las violaciones de los derechos humanos en Guatemala bajo la dictadura del general Efraín Ríos Montt y en El Salvador, que vivía en plena guerra civil.

La lectura de aquellos papeles, repletos de hechos difíciles de imaginar por la mente más retorcida y sádica, cambió radicalmente mi visión del periodismo y me convenció de la necesidad de recorrer este mundo, tan poco amable con millones de personas, con la intención de documentar los dramas humanos.

(..)

La cobertura de las diferentes guerra balcánicas entre 1991 y 2000 me permitió enfrentarme al drama de los desaparecidos en la trastienda de la Europa comunitaria. Durante los últimos años he presenciado varias veces los funerales masivos en la localidad bosnia de Potocari que se celebran cada 11 de julio y donde se entierran a las víctimas identificadas de la matanza de Srebrenica.

Hasta hace dos años los desaparecidos españoles no eran un objetivo de este proyecto. El cambio de postura se produjo tras una entrevista realizada por una compañera de la agencia EFE a finales de 2008 coincidiendo con la inauguración de mi exposición Vidas Minadas 10 años en la sede de la UNESCO en París. Poco antes de finalizarla se interesó por mi siguiente proyecto. Apenas había empezado a explicarle que estaba documentando la tragedia de los desaparecidos cuando me preguntó: “¿En España?” Le contesté que nunca había trabajado en mi país, pero que el proyecto abarcaba casi una decena de países de tres continentes. Me quedé de piedra cuando me lanzó a bocajarro: “Me parece una excusa”. Intenté convencerla de la bondad de mi sistema de trabajo, pero ella no dio su brazo a torcer. Al concluir la conversación comencé a darle vueltas como sólo lo hacen las personas obsesivas como yo.

Unos días después empecé a buscar contactos. Me entrevisté con responsables de las agrupaciones de familiares de desaparecidos en León, Madrid, Sevilla, Pamplona, Zaragoza, Barcelona y Tarragona. En pocos meses acumulaba tanta información que decidí incluir España como epílogo del proyecto. Documenté exhumaciones, identificaciones y entregas de restos a los familiares.”

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