Ya no quedan políticos como los de ahora

Pertenezco a una generación que no había nacido cuando Franco agonizaba enrollado en una alfombra y que se sorbía los mocos la tarde que Tejero entró a comer paella en el Congreso de los Diputados. A nosotros nos contaron la Transición cuando no existían las teles privadas y las versiones no oficiales –que tampoco las contarían las privadas– había que irlas a buscar al fondo de las librerías en un país donde se lee poco y se publica regular.

Una generación que sospecha que nos soltaron una verdad a medias que como todas las verdades a medias corre el peligro de ser casi una mentira. Las alabanzas a Suárez –merecidas muchas pero hipócritas casi todas– no hacen más que alimentar esa sensación de recelo frente al festival de autoconvencimiento viejuno que nos está tocando vivir estos días. Las páginas más gloriosas de nuestra Historia. Una época pura en la que los políticos eran caballeros al servicio del interés público. Cuando fuimos los mejores y que suene Jarcha.

Dicen que ahora hay menos sentido de Estado. Y es verdad. La Transición desbordaba sentido de Estado para evitar un baño de sangre, pero fue ese mismo sentido de Estado el que provocó, entre otras miserias, que todavía hoy sea imposible recuperar todos los cuerpos enterrados en las cunetas y que no sepamos qué ocurrió el 23-F porque, como cuenta Gregorio Morán, el rey les dijo a Suárez, González, Fraga, Carrillo y Rodríguez Sahagún que “sería muy poco aconsejable una abierta y dura reacción de las fuerzas políticas contra los que cometieron los actos de subversión”.

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