A la cama, que viene la portada de La Razón

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Detrás de las portadas de La Razón podría haber un periódico, me habían asegurado fuentes de toda solvencia, pero no terminaba de creérmelo hasta que una mañana de resaca en Madrid asistí a un extraño acontecimiento cuando me disponía a comprar la prensa en un quiosco de la estación de Chamartín. Un señor mayor con gabardina y bien aseado, aprovechando mi estado comatoso, se me adelantó con un quiebro de cadera y tomó con sus pulcras manos un ejemplar de La Razón. En ese preciso momento, la manzana de Marhuenda cayó sobre mi cabeza. Finalmente, La Razón existía, contra lo que mis abominables prejuicios habían sostenido durante tanto tiempo.

Esta falsa creencia procedía del hecho de vivir en un pequeño país, Euskadi, en el que a La Razón se le hace menos caso que a González Pons en una cena de politólogos. Ni siquiera abanderan La Razón los mandamases locales del PP, a los que se les supone cierta predisposición ideológica a leer el periódico que mejor trata a su jefe en un momento en el que casi nadie trata bien a su jefe. Pero ya se sabe, los del PP en Euskadi son muy pop para estas cosas y no les gusta que se piense que van demasiado a misa.

Por eso, como a miles de vascos (y sospecho que no solo vascos), La Razón nos ha llegado de refilón, por las redes sociales y casi a medianoche, cuando Marhuenda desea educadamente las buenas noches y enlaza la portada que recorrerá Twitter de punta a punta para perderse en el tiempo -y en discusiones sobre Grecia- como lágrimas en la lluvia. Cuando has visto la portada de La Razón, puedes decir que el día ha terminado, incluso que el día ha terminado contigo. En casa a las niñas, cuando están revoltosas, les decimos que es hora de ir a la cama o viene la portada de La Razón.

La portada de La Razón se ha convertido en un género en sí mismo, capaz de ensanchar los límites de la realidad como un escritor posmoderno de la escuela de Foster Wallace. Y ofrece una píldora balsámica que nos aleja de las tediosas responsabilidades de la vida adulta, aunque solo sea por un puñado de segundos. A portadas, es muy difícil batir a La Razón.

Yo, que durante años he comprado el ABC por su atractivo suplemento cultural, he terminado rindiéndome a las portadas de La Razón y cuando veo a Marhuenda en la tele, no puedo evitar que me caiga bien a pesar de que esté defendiendo lo indefendible, o precisamente por eso.

Uno de los grandes misterios de La Razón es cómo puede gobernarse el periódico mientras su capitán salta de tertulia en tertulia, que solo le falta ya colarse en Gran Hermano VIP y aclararle a Belén Esteban que el PP no tenía una caja B. En todo caso, la presencia de directores de medios en las tertulias confirma que, siendo importante el papel de un director o jefe en un periódico, no es el trabajador más imprescindible.

Recuerdo, hace muchos años, a compañeros que venían de visita a Euskadi y nos hablaban de la capacidad de los medios más conservadores para marcar la agenda política en Madrid, y a nosotros eso nos sonaba a algo muy lejano, como pedir una caña y que te pongan tapas gratis. Claro está que todo esto ocurría antes de la Era de Twitter y las Tertulias en Televisión, cuando todavía se fumaba en las redacciones y pegar voces después de conseguir una exclusiva no estaba mal visto y no te mandaban callar. Los tiempos han cambiado y ya podemos disfrutar de las portadas de La Razón como el resto de los españoles.

Este artículo fue publicado en eldiario.es y eldiarionorte.es el 28 de enero de 2015. 

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