Turismo verde (pero de marihuana) en Amsterdam

The Doors Coffe-Shop

foto de cosmovision

Julio de 2003. Es ya de noche cuando Amaia y yo nos sentamos en la terraza de un coffee shop escondido en la zona de los canales y alejado del jolgorio etílico que se escucha de fondo. Sobra decirlo pero en los coffee shops puedes pillar marihuana o hachís de procedencias diferentes. Hemos pedido unas birras cuando se sientan al lado dos parejas de turistas españoles. Callamos para pasar desapercibidos. Nuestros vecinos rondan los cincuenta tacos y no tienen mucha pinta de darle al fumeque, pero compran una buena bolsa de hierba. Uno de ellos, el que lleva un bigote pasado de moda, es el encargado de liar el porro. Se las da de experto. Miro de reojo y le susurro a Amaia: se está haciendo el peta sólo de marihuana, sin mezclarlo con tabaco. Y no es un peta normal. Es un triturbo. Uno de esos largos. Casi el doble que el OCB normal que se vende en España. Lo encienden y se lo empiezan a pasar. Risas. Y luego más risas. Se preguntan por lo que pensarán sus hijos. Mandan mensajes por el móvil. Vamos que tienen un buen colocón. Nosotros seguimos con nuestras cervezas cuando una de las mujeres se levanta, da dos pasos, se para y cae al suelo como un saco de patatas. Empieza a vomitar y el asunto se empieza a poner serio. Amaia les dice que la pongan de lado para que no fallezca ahogada en su propio vómito como suelen hacer las estrellas de rock. 20 minutos después ya se encuentra mejor y las dos parejas se largan del bar cariacontecidos. Moraleja: no fumes lo que no quieres que tus hijos fumen.

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Primavera de 1993. Tengo 18 años y estoy en Amsterdam. En unos bungalows a las afueras de la ciudad. Estoy de viaje de fin de estudios. Es de noche y ya hemos bebido unas cuantas cervezas. Esta mañana en Amsterdam nos hemos colado en un coffee shop y hemos comprado algo de hachís, lo justo para un par de porros. Como mucho tres. Así que cuando ahora por la noche el profesor que nos acompaña se ha largado a la cama, hemos puesto el hachis en la mesa y estamos intentando hacernos un peta. Sí, intentándolo porque de la docena de compañeros que estamos en el bungalow, ninguno de nosotros ha fumado hachís en su vida. Lo que sale es un pitillo maltrecho que nos vamos pasando poco a poco. Toca a unas cuatro caladas a cada uno. Supuestamente estamos colocados aunque realmente estamos haciendo el gilipollas porque entre los nervios y el poco hachis con el que hemos cargado el cigarro, el mareo que tenemos es más cervecero que otra cosa. El caso es que ya hemos fumado el primer porro de nuestras vidas. Y lo hemos hecho en Amsterdam. De repente se abre la puerta del bungalow, entra una colega que está con otra gente justo al lado y nos salta con que alguien se ha metido una raya de azúcar. La noche avanza e intento ligarme a una amiga pero nada de nada.

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En la actualidad. Decididamente no comprendo lo de irse hasta Amsterdam para ponerse de porros hasta arriba. No es tan divertido como parece y además no tiene sentido. No sé cómo será en el resto del mundo, pero en mi ciudad, en Vitoria-Gasteiz y en el resto de Euskadi, es más fácil comprar hachís que conseguir limones de pica para hacerte un pisco-sour. En fin, que viajar hasta Amsterdam para fumar porros es algo así como irte hasta Suecia para comer huevos fritos.

Los punkis del tercer mundo son punkis de verdad

Los punkis del tercer mundo son punkis de verdad, lo que no quiere decir que haya punkis del primer mundo que no lo sean. O mejor dicho, que lo hayan sido porque hoy por hoy el movimiento está fagocitado por Mango, Zara y la MTV. Pero el caso es que los punkis del tercer mundo son punkis de verdad. Siempre que esa verdad signifique clandestinidad, marginación e hígados despedazados por el alcohol.

Un ejemplo, Cuba, 1995, en pleno “periodo especial” de apagones y bicicletas chinas. Yo andaba por allí por historias que no vienen a cuento y conocimos a unos cuantos punkis en La Habana.  Una docena. No creo que fueran más. Llevaban el pelo largo y escuchaban “La Polla Records”. Yo no lo podía creer. Entonces no había internet ni leches. Estaban escuchando a una banda de música que había nacido cerca de mi ciudad. “La Polla Records” en La Habana. Como un obispo en Chueca, vamos. No recuerdo como habían conseguido las cintas. Supongo que se las pasaron unos turistas. Así que allí estaba esa docena de punkis poniéndose ciegos y jodidos por el sistema. Tenían que andarse cuidado o les podían caer unas cuantas patadas en un callejón oscuro. No sé como será ahora pero hace 15 años en Cuba si eras tío y llevabas el pelo largo, te llamaban “mujercita” o “mariconson”.

Otro ejemplo, en Potosí, en Bolivia, hace menos tiempo. Allí también conocí a otra cuadrilla de punkis nómadas. Me topé con ellos gracias a un viajero con el que me había cruzado en Sucre, un auténtico pirado encantador que era capaz de sobrevivir una semana a zumos y dormir en pensiones mugrientas con tal de estirar el presupuesto del viaje lo máximo posible. Compartían farras y pasaban el día deambulando por las calles de Potosí.  Una vez me ofrecieron un trago. El bote era de esos que se venden en farmacias y que contienen alcohol de 96 grados. Lo habían mezclado con un par de chorros de refresco. Lo curioso de la historia es que en las minas que dominan la ciudad, muchos mineros toman lo mismo: alcohol casi puro para soportar la condena de trabajar en las entrañas de la montaña a cambio de un puñado de pesos. Rechacé la invitación y seguí bebiendo cerveza.

Punkis Leiden Holanda

Esta foto es de unos punkis más monos. Los vi pasar sobre uno de los puentes de la localidad holandesa de Leiden.

Aclaración: Lo más correcto sería utilizar el término “Los punkis de los países en vías de desarrollo” o “Los punkis de los países del Sur” pero por razones estrictamente literarias he preferido la fórmula “Los punkis del tercer mundo”.

Observación ortográfica: Aparentemente el plural de punki es punks, pero en mi casa siempre hemos dicho punkis.