Julaca, un pueblo desértico en Uyuni

Paramos en Julaca, aunque no recuerdo por qué. Estamos a unos pocos kilómetros al sur del salar de Uyuni, pero aquí no hay sal. Todo es tierra polvorienta. Tierra en las calles, tierra en las carreteras, en los campos de fútbol, tierra que atraviesa los vagones abandonados y tierra que se levanta cuando sopla el viento. El pueblo, desértico pero no abandonado. Algo en el ambiente sugiere que sus habitantes están dormitando en el interior de las casas de barro o que todavía no han vuelto de trabajar o que están ahí pero no los vemos.

De repente aparecen María y José. Dos niños agarrados de la mano. Nos miran con una mezcla extraña de aburrimiento y curiosidad. El rostro de la resignación del altiplano. Responden con monosílabos. Pasamos un rato con ellos y nos vamos. Y aunque debería recordar la inmensidad del salar de Uyuni, la memoria es tan caprichosa que cuando mi mente viaja a aquel lugar del mundo lo primero que recuerdo es Julaca, el pueblo donde me encontré con María y José.

Julaca vías

Julaca José

Julaca vagones

Julaca helado

Julaca campo de futbol

Julaca vías

El día que la electricidad llegó a Alota, yo estaba allí

Hoy vamos a llegar por fin al salar de Uyuni, pero antes Pedro ha decidido parar en Alota. Pedro es el conductor del 4×4 en el que viajamos por el Altiplano, un boliviano borrachín que tiene la sana costumbre de emborracharse cuando no está al volante. Pedro aparca junto a una casa donde nos han preparado algo de comida y agua, pero nosotros preferimos ir a echar un vistazo por los alrededores. Bueno, la francesa se queda en el todoterreno intentando ahuyentar el mal de altura entre cabezadas y vómitos, mientras Amaia, el finlandés silencioso y yo nos adentramos en las calles de Alota.

Alota calle

Alota es lo más parecido a un pueblo desértico de película del oeste. Un pueblo casi abandonado de película de Sam Peckinpah. Calles anchas polvorientas, sin asfalto, con edificaciones de un sólo piso, muchas de adobe y con tejados de paja. No se ve un alma por la calle, salvo un par de mujeres indígenas con sus sombreros y jerseys hasta las muñecas. Nosotros somos más imprudentes, hace calor y vamos en camiseta dejando que los rayos de sol que caen como cuchillas de afeitar nos destrocen los brazos. Pero eso no lo sabemos todavía. Las dos mujeres, a las que ahora se ha sumado una niña vestida de rosa, giran a la izquierda. Y allí, en la plaza de Alota, está la mitad del pueblo. O al menos todos los críos de Alota. Con sus batas blancas de escolares parecen una convención de farmacéuticos. Y todavía no han empezado a tocar, pero están los músicos de la fanfarre local. Aquí se celebra algo, le digo a Amaia, mientras el finlandés silencioso anda un poco alejado sacando fotos.

Alota y Coca-Cola

Alota estudiantes 2

Alota banda de músicos

De repente nos vemos rodeados de críos que nos miran curiosos pero serios, algunos incluso taciturnos. Al fondo, en un patio, sus madres limpian ropa en barreños de plástico, ajenas a la fiesta que se está preparando en el exterior.

Alota puerta y niños

Alota niños

Nos sacamos unas cuantas fotos con la chavalería de Alota hasta que se nos acercan dos chicas de unos 14 años. Camila y Gloria. Como el resto, con sus batas blancas pero más atrevidas.

Alota guías

Tienen ganas de charlar y tras las presentaciones de rigor, les preguntamos por el ambiente en el pueblo:

– ¿Por qué estáis todos en la calle hoy? ¿Qué celebráis?

Hoy llega la electricidad a Alota.

– ¿Cómo? ¿La electricidad?

– Sí. A partir de hoy tendremos una hora de electricidad por la noche.

Amaia y yo nos quedamos en silencio y no salimos de nuestros pensamientos hasta que nos invitan a conocer el pueblo. Nuestras guías Camila y Gloria nos enseñan su escuela y después nos llevan a lo alto de un kiosko desde el que se ven los tejados de Alota.

Alota escuela

Alota escuela2

Alota vistas

Camila y Gloria son tímidas. Sueltan las palabras con cuentagotas, a ratos se sonrojan y ríen sin que sepamos por qué.

– ¿De dónde sois? -preguntan.

– De España, en Europa.

– Eso está muy lejos ¿no?

– Sí, bastante -responde Amaia.

– ¿Y cómo habéis llegado hasta aquí? -siguen preguntando.

– En avión -les respondo y ponen cara de sorpresa- y vosotras ¿qué tal vivís en Alota?

– Muy bien. Aquí respiramos aire muy puro y sano, no como en las ciudades.

Por lo que cuentan ni siquiera han estado en la ciudad de Uyuni. El tiempo pasa rápido y tenemos que volver con Pedro, antes de que se aburra demasiado y se embuche dos lingotazos de aguardiente. Nos despedimos de Camila y Gloria. Y de Alota. Y Pedro no está borracho. Bien.

Alota camion

En La Paz los pobres tienen menos oxígeno

Estoy de mudanza e intentando recopilar los diarios de mis viajes desperdigados entre cajas de cartón. He encontrado algunas de las líneas que garabateé en una de mis visitas a la capital de Bolivia, en La Paz. La ciudad es como una gran pendiente, en la que los más pobres viven a 4.000 metros de altura, en los barrios amontonados de El Alto, mientras los ricos están mucho más al sur. En fin, que el oxígeno está mal repartido. Como casi todo en el mundo.

Illimani y la ciudad de La Paz

foto de twiga_269

De mis notas he entresacado estos extractos:

Cuando pregunto por el sur, unos me contestan: allí viven los gerentes de empresas, ministros, policías, la gente con plata. Otros me contestan: allí viven los corruptos, los malversadores, los conspiradores, la gente con plata. Todos parecen tener razón.

En el sur los ricos viven en cárceles. Murallas de cuatro metros. Alambre de espino o cristales rotos. Policías haciendo guardia en garitas. Novedosos sistemas de alarma. En secreto y en camarilla disfrutan de las riquezas que han amasado. La calle les da miedo. Podría aparecer alguien reclamando sus pertenencias.

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foto de dckf

En El Alto las guerras son las del agua para expulsar a una multinacional, la del gas par nacionalizar los hidrocarburos. En el sur, entre las mansiones, la última batalla conocida la protagonizaron McDonalds y Burger King. Ganó este último.

El Alto y La Paz están repletos de baños públicos. Pagas un peso o menos y puedes hacer lo tuyo en un agujero a veces infecto. En el sur no hay baños públicos. El que quiere mear entra en una cafetería y se pide un jugo por doce pesos. El mismo valor que dos almuerzos en cualquier punto de la ciudad.

En La Paz hasta los pobres tienen menos oxígeno. Viven a cuatro mil metros en El Alto. Los ricos viven en el sur con los pulmones tranquilizados.

El Pacífico no es tan pacífico

Es un topicazo, pero es una verdad como un templo: el Pacífico no es tan pacífico. Lo habrás visto por la tele, ya sabes, los tsunamis de años anteriores y el último de Chile. Es un topicazo pero el nombre de ese océano va cargado de ironía. Hace unos años pase unas cuantas noches en Reñaca, una población cercana a Viña del Mar, una de las ciudades azotadas por el terremoto de Chile. El apartamento donde dormíamos estaba encaramado en una montaña que nacía prácticamente de la playa. Es decir, tenías playa, un paseo, un par de carriles para coches y una hilera de apartamentos escalando en los cerros. Por las noches, dormías como si tuvieras una concha de mar sobre la almohada. No miento cuando digo que en aquellas costas de Chile, el Pacífico brama, parece enfadado, no vive en intervalos de calma y tormenta, no, sus olas rompen con fuerza cada vez, cada veinte segundos, una y luego otra, y terminas acostumbrándote, pero como quien se acostumbra a que la vida se te puede escapar en cinco minutos. El Pacífico por allí es tan cabrón como parece.

Después de aquellos días de descanso seguimos nuestro camino hacia el norte. En Iquique nos encontramos con este aviso:

Chile tsunami

Los punkis del tercer mundo son punkis de verdad

Los punkis del tercer mundo son punkis de verdad, lo que no quiere decir que haya punkis del primer mundo que no lo sean. O mejor dicho, que lo hayan sido porque hoy por hoy el movimiento está fagocitado por Mango, Zara y la MTV. Pero el caso es que los punkis del tercer mundo son punkis de verdad. Siempre que esa verdad signifique clandestinidad, marginación e hígados despedazados por el alcohol.

Un ejemplo, Cuba, 1995, en pleno “periodo especial” de apagones y bicicletas chinas. Yo andaba por allí por historias que no vienen a cuento y conocimos a unos cuantos punkis en La Habana.  Una docena. No creo que fueran más. Llevaban el pelo largo y escuchaban “La Polla Records”. Yo no lo podía creer. Entonces no había internet ni leches. Estaban escuchando a una banda de música que había nacido cerca de mi ciudad. “La Polla Records” en La Habana. Como un obispo en Chueca, vamos. No recuerdo como habían conseguido las cintas. Supongo que se las pasaron unos turistas. Así que allí estaba esa docena de punkis poniéndose ciegos y jodidos por el sistema. Tenían que andarse cuidado o les podían caer unas cuantas patadas en un callejón oscuro. No sé como será ahora pero hace 15 años en Cuba si eras tío y llevabas el pelo largo, te llamaban “mujercita” o “mariconson”.

Otro ejemplo, en Potosí, en Bolivia, hace menos tiempo. Allí también conocí a otra cuadrilla de punkis nómadas. Me topé con ellos gracias a un viajero con el que me había cruzado en Sucre, un auténtico pirado encantador que era capaz de sobrevivir una semana a zumos y dormir en pensiones mugrientas con tal de estirar el presupuesto del viaje lo máximo posible. Compartían farras y pasaban el día deambulando por las calles de Potosí.  Una vez me ofrecieron un trago. El bote era de esos que se venden en farmacias y que contienen alcohol de 96 grados. Lo habían mezclado con un par de chorros de refresco. Lo curioso de la historia es que en las minas que dominan la ciudad, muchos mineros toman lo mismo: alcohol casi puro para soportar la condena de trabajar en las entrañas de la montaña a cambio de un puñado de pesos. Rechacé la invitación y seguí bebiendo cerveza.

Punkis Leiden Holanda

Esta foto es de unos punkis más monos. Los vi pasar sobre uno de los puentes de la localidad holandesa de Leiden.

Aclaración: Lo más correcto sería utilizar el término “Los punkis de los países en vías de desarrollo” o “Los punkis de los países del Sur” pero por razones estrictamente literarias he preferido la fórmula “Los punkis del tercer mundo”.

Observación ortográfica: Aparentemente el plural de punki es punks, pero en mi casa siempre hemos dicho punkis.

¿Pepsi o Coca-Cola? ¿Yedi o Leya?

Hemos parado en Calama camino de San Pedro de Atacama al norte de Chile. Unas pocas horas justo para pasear por el mercado, comprar algunas empanadas y huir de una pandilla de perros callejeros. La ciudad tiene fama de borracha, peligrosa y pendenciera y es conocida porque está a unos 15 kilómetros de Chuquicamata, la mina de cobre a cielo abierto más grande del mundo. Por la foto que hemos obtenido mientras terminábamos nuestro almuerzo, parece que Calama acoge a una gran colonia de admiradores de “La Guerra de las Galaxias“.

Calama Chile

Por cierto, puestos a elegir prefiero tomarme una Coca-Cola con un yedi (o Jedi). Leya (o Leia) siempre me pareció un poco sosa y la Pepsi tampoco me emociona.

Las peperas, atractivas pero peligrosas

Lo suelta el taxista:

– Tenga cuidado con las peperas o puede acabar mal la noche.

Y yo me imagino secuestrado por un grupo de amazonas con camisas azules, barbours y pendientes de perlas. La idea empieza a gustarme,  pero el taxista con el que estoy cruzando Cuzco aclara: las peperas son esas mujeres que se te acercan en un bar o una discoteca, te halagan, te tocan un poco por aquí y otro poco por allá, os piráis a un motel cercano y a la mañana siguiente te despiertas en una habitación de mala muerte, con los bosillos vacíos, sin ropa y con la cabeza a punto de explotar. Las peperas disuelven somníferos en tu última copa y luego te desvalijan. Y eso con suerte. El taxista cuenta que hace unos meses a una pepera se le fue la mano con el Rohypnol y el pobre desgraciado acabó tieso en la cama. No me preocupa. Desde que llegué a Cuzco paso las noches en el hostal charlando con un par de pirados. Pero esa es otra historia.

En las minas de Potosí en Bolivia

cerro rico

Foto de urbisnauta

La foto no es mía. La he tomado prestada porque me robaron la cámara en los suburbios de La Paz. Afortunadamente conseguí mantener a buen recaudo mis grabaciones de audio. El fruto es este reportaje sobre las minas del Cerro Rico de Potosí en Bolivia, emitido en la Cadena Ser. Cuento la historia de varios niños que bajan cada día a la oscuridad de las minas.