Brixton, Londres: Reggae, cerveza, sangre y una cena eritrea

Hemos llegado media hora antes de lo previsto, pero el colega al que esperamos ya está merodeando en las afueras de la estación de metro. Estamos en Brixton, el barrio afro-caribeño de Londres, fuera de las rutas turísticas de la ciudad. Y como todo lo que se sale de los márgenes de los mapas, como todo lo que está al sur y todo lo que no es una tez blanca, Brixton tiene mala fama. Peligrosa y borracha, pero a la vez diversa y con interesantes raíces musicales.

Pateamos rápido por las calles cercanas al metro. Como si llegáramos tarde a alguna parte aunque todavía quedan casi tres horas para la cita que tenemos con la mujer del colega. Es domingo por la noche y el mercado está tranquilo. Casi todo cerrado, salvo las carnicerías orientales, sin clientes, y con todos esos animales descuartizados colgando de las paredes.

Carniceria Brixton Market

Brixton - mercado

Ahí vamos charlando de nuestras cosas, cuando el colega nos cuenta:

-    El otro día hubo una fiesta en nuestro edificio. Una pasada. Había sangre en el pasillo, ruidos por todas partes, un charco de meada

Varios segundos de silencio y sigue:

-    Mis amigos creen que vivo en el Bronx, pero no es para tanto.

Si él lo dice.

Atravesamos varias calles de casas bajas, salones iluminados y pantallas planas de miles de pulgadas. No debe ser tan jodido este barrio si puedes tener una casa de techos altos con una tele en alta definición. Una de esas calles oscuras desemboca en un pub que corona una esquina solitaria. Lo primero que llama la atención del garito es que hay blancos y negros. No sólo blancos. No sólo negros. Juntos pero no revueltos aunque blancos y negros al fin y al cabo. Los blancos tienen cara de alcohólicos y los negros van bien vestidos. Los blancos beben cerveza sin parar y algunos negros están comiendo pollo con arroz. Aunque ahora que lo recuerdo hay una pareja extraña, de esas que parecen haber vivido mucho, que esta al fondo del pub junto a los baños. El blanco. Ella negra.

Las pintas caen una tras otra. Paro a la tercera cerveza. “Red Stripe”, jamaicana. La música aparece después de que termine un partido de la Premier League. Pinchan reggae haciendo honor a la cerveza y a la tradición del barrio. Cuando más tarde salgo a la calle a fumar un cigarro se me acerca un rastafari pidiéndome tabaco. Así es Brixton.

Londres - Red Stripe en Brixton

Cambiamos a otro pub, pero la magia se va por el desagüe. Están poniendo un reality por televisión y hace frío. Mientras esperamos a su mujer, el colega nos cuenta:

- Tengo un amigo en Londres que por las mañanas se mete en la página web del Marca y copia los artículos a un archivo de word. Un pequeño truco para que sus compañeros se crean que está trabajando en algún informe cuando realmente se pasa la mayor parte de la mañana leyendo el Marca. Y cuando se larga de la oficina, imprime los artículos deportivos que le han quedado por leer. Siempre quedas bien si te llevas trabajo a casa, me suele decir. Un auténtico crack.

Londres - Restaurante Asmara

Ha llegado su mujer y nos vamos a cenar a un restaurante eritreo. El Asmara se llama. En realidad pensábamos que era etíope, pero en el mapa que preside el comedor queda bien claro. Restaurante eritreo. Nos sentamos alrededor de una mesa y pedimos el menú con un poco de todo. Sobre una especie de pan de crep llamado injera está la comida, cordero y pollo (derho alicha) con diferentes salsas, casi todas picantes, picantes normal o picantes de llorarte los ojos. Se come con las manos. En concreto, con la mano derecha porque la izquierda es para lavarse el culo. Dice la tradición, según nos cuenta el colega.

-    Mi chica es zurda y cuando estuvimos en África cogía la comida con la izquierda. Dormíamos con una familia de allí y cada vez que lo hacía, digamos que surgía cierta tensión.

Brixton - Comida eritrea en Asmara

Así que nos llevamos la comida a la boca con la mano derecha. Cojonuda. Muy buena de verdad. Sobre todo si te gusta la comida especiada o algo que sea diferente. De postre café aromatizado y una conversación surrealista en italiano con la dueña del Asmara. Y para casa. Bye, bye, Brixton.

Cómo llegar a Brixton

Fácil. Toma la línea azul (Victoria Line) del metro hasta la última parada al sur de la ciudad. La parada se llama Brixton.

Cómo pedir “una cerveza más” en 50 idiomas

Viajando por el mundo descubres verdades como puños. Ahí va una: hay cerveza deliciosa en cualquier rincón del planeta. Una de las que más me ha gustado en los últimos tiempos es la Beerlao, aunque por lo general la cerveza en Asia es estupenda. Y una de las mejores formas de relacionarse durante un viaje es sentarse en la barra de un bar o en la terraza de un hostel y pedirse una cerveza. En Estados Unidos es una especie de religión, sobre todo, en los pueblos pequeños. Pides una cerveza y enseguida hay alguien soltándote lo de “Hi, where are you from?”

Tiger Beer from Singapore

foto de williamcho

Una de las frases más conocidas en el mundo después de “Hello, hello” es “One beer please”. El inglés está en todas partes y hay guiris (y no sólo guiris) que son tan arrogantes que ni siquiera hacen el esfuerzo por chapurrear un par de frases en el idioma del país que están visitando. El caso es que Matador Network ha publicado una lista sobre cómo pedir “una cerveza más” en 50 idiomas.

Aquí van unos ejemplos, el resto los puedes encontrar en este enlance de Matador.

IDIOMA / Escrito / Pronunciado

ALEMÁN / Noch ein Bier, bitte / Noch ein beer bit-uh

MONGOL / Dahiad neg shar airag / Dah-iad neg shar ar-ag

ZULÚ / Nye ningi utshwala / JNee nin-gi ut-sch-wala

FILIPINO / Isang beer pa po / Eeh-sang beer pah po

Lo mejor de la NBA es la cerveza

Al más puro estilo local, levanto la mano y el taxi para.

- United Center, please, the Chicago Bulls are playing this night.

En el United Center de los Chicago Bulls NBA

Lo mejor de un partido de la NBA es que puedes beber cerveza. Y no ese meado sin alcohol que venden en Europa. Así que me trago dos durante el partido de los Bulls. Y también unas costillas de cerdo. Es lo que se dice una inmersión fulminante en la gastronomia popular americana. Probablemente mi colesterol ya esté saltando por los aires. Estados Unidos es uno de esos países donde siendo rechoncho como soy, no me siento diferente. Los gordos aquí son muy gordos. No me sorprendería ver en directo algún ataque al corazón. O a alguien que explote como en esa peli de los Monty Python. El partido no tiene mayor interés, salvo que me apasiona el basket aunque esta noche son todos unos chupones ególatras. El espectáculo está en los pasillos: bandas de música tocan clásicos del blues-rock y mujeres obesas entonan himnos soul. Se respira algo especial. Me duermo en el tercer cuarto. Llevo 24 horas despierto.